Yo tengo otra teoría. Se trata de un razonamiento empírico, una hipótesis demostrada sobre el asfalto. No hablo de una idea surgida del instante, sino de la reflexión impaciente de una larga espera. Les cuento:
El pasado domingo salimos a dar un paseo. La Vuelta a España llegaba a Madrid, pero eso no lo sabíamos. Diré que la culpa de este despiste -aunque bien podría confundirse con indiferencia- la tuvieron el calendario, la falta de competitividad, el dopaje, el color del jersey, las azafatas y las autoescuelas. Como digo, tras la larga Noche en Blanco salimos a dar una vuelta por el Paseo del Prado. El circo ya estaba montado a mediodía (pancarta Último Kilómetro, vallas publicitarias, pódium…). Encaramos el Paseo del Prado por la acera del Jardín Botánico sin brújula, sólo por el placer de hacer camino. Pero en la Puerta de Velázquez se nos ocurrió cruzar al otro lado con un fin: comer en el mexicano de enfrente. Buscamos un paso de peatones calle arriba, pero todos estaban bloqueados por las vallas publicitarias. Desandamos el camino para cruzar por un paso abierto vigilado por policías municipales. Esperamos pacientemente junto a un grupo de turistas a que nos permitieran atravesar la calzada. Cinco minutos después contestaron a nuestras súplicas con un “tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie. Prueben más arriba”. Subimos hasta Cibeles. Otra vez, dos custodios municipales nos impidieron cruzar la calle. Faltaban cuatro horas para que llegara el pelotón, pero el circuito diseñado para el final de etapa –Paseo del Prado y Paseo de la Castellana- estaba salpicado de grupos de ciclistas amateur. Y para nuestra sorpresa, estaría cerrado ¡hasta las seis de la tarde! Teníamos hambre, sed y estábamos desesperados. Nos creíamos listos cuando nos metimos con un grupo de turistas al parking subterráneo de Cibeles. Esperábamos encontrar una salida peatonal al otro lado, una idea lógica que al arquitecto no se lo ocurrió (o quizá el constructor quiso ahorrar gastos). Tal desesperación tenía un turista norteamericano que a punto estuvo de llamar a la embajada de su país para que le rescataran los marines. Si en lugar de un muro las autoridades de Berlín Oriental hubieran diseñado una ronda ciclista sin interrupción, al modo de la Vuelta, las dos Alemanias seguirían aún hoy divididas. Dos kilómetros más arriba, en Colón, logramos cruzar. ¡Por fin pertenecíamos al otro lado! Sólo nos quedaban dos kilómetros, más abajo, para llegar al restaurante. Y llegamos, cinco minutos antes de que cerraran la cocina.
Esta experiencia me abrió los ojos. Descubrí la gran mentira: a nadie le gusta la Vuelta. No hay excusas. No responsabilicemos al gerente que despidió a Leticia Sabater. Simplemente, a nadie le gusta ver sudar en la carretera a unos tíos depilados en mallas. Para eso ya está “Fama”. Los más escépticos preguntaréis: ¿Y el público que aparece en los finales de etapa? Ilusos. Ese público está retenido contra su voluntad, es un público cautivo. Y si aplauden no es para animar a sus ídolos, sino para meterles prisa porque quieren que los policías municipales abran la calle.
¿Quién está detrás de la Vuelta?, ¿los masones?, ¿la Iglesia de la Cienciología? La respuesta no hay que buscarla en desiertos ni montañas lejanas, sino en el “lobby” de fabricantes de pepinillos. Nos hacen pensar que la Vuelta a España le interesa a alguien, como también nos hacen creer que el complemento perfecto de una hamburguesa es un pepinillo agrio. Un caso para Michael Moore.
