Mapa de los sonidos de Tokio

¿Crees que soy tan hijo de puta como para desvelarte el final de la película? ¿No me conoces bien? Sabes que, incluso, me jode que me cuenten una sinopsis. Como cuando te dicen que la historia va de un empresario que encarga a una pescadera -asesina freelance en sus ratos libres- que acabe con la vida del novio de su hija porque no soporta que él siga vivo mientras ella cría malvas, ya que a la infeliz -la Paris Hilton de Tokio, que todo lo tenía- le dio por suicidarse. Me jode mucho que me cuenten cómo la pescadera se enamora de su víctima potencial y cómo su cliente -todo orgullo herido- aprieta el gatillo para culminar una venganza que acaba mal porque a ella -la asesina con olor a salmón- le entran remordimientos y decide parar la bala con el estómago. Me cabrea que, para remate, me cuenten cómo él -macho ibérico sacado del landismo- abandona su tienda de vinos para rehacer su vida en Barcelona, donde se casa, tiene un niño y abre un negocio de productos japoneses. Pero me jode más que nadie me haya contado el argumento de la última película de Isabel Coixet antes de comprar la entrada. Porque lo de arriba, aunque parezca una broma, es el planteamiento, nudo y desenlace de “Mapa de los sonidos de Tokio”. De nada. Ya me lo pagarás con una caña.

Sí, por desgracia yo sí pagué para ver la última película de la Coixet. Un amigo dice que tenía que haber entrado gratis, porque el rodaje lo hemos pagado todos los españoles. Y no le falta razón. La cinta ha recibido la subvención, si no recuerdo mal, del Ministerio de Cultura, del Instituto de las Artes Cinematográficas, de Televisión Española, de TV3, del Instituto Español de Comercio Exterior, de la Generalitat de Catalunya y del Ayuntamiento de Barcelona (me gustaría escuchar la opinión del arzobispo LluísMartínez sobre la campaña de fichajes de cineastas emprendida por las autoridades de la Ciudad Condal). Por cierto, si esa misma historia la hubiera patrocinado la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha la película habría sido igual de mala. Pero no tiene el mismo caché que una asesina a sueldo trabaje en el mayor mercado de pescado del mundo a que lo haga en una fábrica de embutidos. Lo primero lo tacharíamos de exótico, lo segundo, de españolada. Que no te engañe el envoltorio.

Paradójico es que lo peor para mis riñones de “Mapa de los sonidos de Tokio” fueran sus silencios, largos como los de la espera en el consultorio del dentista. No podía ni moverme de la butaca. Hasta el roce de mis piernas -sonido amplificado por el vacío de la banda de audio- molestaba a los de la fila 20. Pero todo tiene un final. Aliviado, salí del cine para respirar el aire contaminado de Madrid, aunque a mí nunca un aire me pareció más puro. Temí hablar, decir que la película era lenta, previsible, que los diálogos estaban forzados. A mi alrededor se alababa su fotografía y su banda sonora, únicos argumentos esgrimidos para justificar el precio de la entrada. ¡Ah!, también estaba el turístico: “¡Qué bonito Tokio!”, llegué a escuchar. Pero la Coixet no me convenció. No me engañó porque si quiero ver Tokio ya tengo “Callejeros viajeros” o “Españoles por el mundo”. Tampoco me engañó porque tuve la suerte de vivir en Tokio un mes, y puedo hablar con cierta propiedad si digo que la Coixet se ha refugiado en el tópico. No rascó la superficie de cartón piedra que se muestra a los turistas occidentales. Para que me entiendas, cambiaré los roles: si la Coixet se llamara Coi Xe, habría rodado un “Mapa de los sonidos de Madrid” con paellas, corridas de toros y flamenco. ¡Olé!

4 comentarios:

  1. En las salas donde se proyecta esta película, pocas, creo, se debería poner un aviso en letras muy grandes a la entrada "ver esta película perjudica seriamente la salud".

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  2. Yo la verdad que no he visto la película, ni tenía pensado verla... y creo que después de tu constructivísima crítica he afianzado aún más el primer pensamiento que tuve cuando vi anunciar la película: ¡Qué pereza!

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  3. Hola Pascualín...Soy Alejandro, del pueblo y me he convertido en fiel seguidor de tu blog..pronto seremos competencia,porque ando en ello, pero será después de feria, ya sabes como nos las gastamos..En cuanto a la "crítica" de la peli, estoy deacuerdo con lo de pasar gratis a ver la peli, esta y todas las que subvencionamos.Una reflexión..Dado de lo público del cine español, ¿por qué no salimos en los créditos?, somos los que la financiamos al igual que toda esa retaila de patrocinadores públicos...En fin, un cine subvencionado = Cine sin creatividad!
    Saludos CuaCua

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  4. La película es mala a rabiar, pero aparte del asunto de los tópicos de Tokio (que también los tenía Lost In Translation y me gustó), no encuentro nada más en la crítica que me convenza de por qué es mala. De hecho, aunque no soporto las pelis de la Coixet, me toca bastante las narices que se asocie la baja calidad de una peli con su lentitud. ¿Por qué nunca leo que una película es "rápida"? No todo van a ser clips o anuncios televisivos. Cada película tiene su ritmo. Ni rápido, ni lento. El suyo. Que muchos espectadores no quieran verlo (o estén acostumbrados a la velocidad) es problema suyo. Muchas películas tildadas de lentas son estupendas. Hubiera agradecido comentarios sobre las similitudes con El Último Tango en París (obvios) o Vértigo (el tipo obsesionado con de revivir a su antiguo amor en otra mujer), pero el post es una vomitona, carece de argumentos. Una pena. Eso sí, la peli es infumable.

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