Escritura automática


Empiezo. A la de una, a la de dos y a la de tres:
Esto es un experimento. Recomiendo que no sigáis leyendo. No es ningún reclamo ni falsa modestia. Es que hoy me ha dado por ahí. Me he dicho:”Voy a escribir lo primero que me venga a la cabeza”. Algo así como hacían los surrealistas, pero sin tanta pedantería. Algo así como Jack Kerouac –salvando las distancias-, que pasó a la historia por escribir una novela del tirón, en un único rollo de papel. Tengo, por cierto, pendiente esa novela, “On the road” (“En el camino”, hablando en cristiano). Empecé a leérmela pero me pareció un coñazo. Seguro que más de uno se echará las manos a la cabeza, pero ya no me parecen osadas las aventuras de la generación beat. No me atraen nada. Supongo que en la época tuvo que ser la leche. Pero ahora ya no asusta a nadie. Bueno, lo intentaré leer en otra ocasión. Tengo varias cosas a medias. “Expiación”, de no sé qué autor considerado un genio (perdón, pero no me acuerdo), también me la dejé a medias. Y no soy de los que me suelo dejar las cosas a la mitad. Bueno, cuando escribo sí. Pero cuando leo me acabo todo. Y si es bueno, lo relamo. El caso es que me educaron para comerme todo lo que hay en el plato. Y por eso, con un punto de (estoy buscando la palabra…), con un punto de…¿masoquismo? (no, no es la palabra que busco. Con un punto de… Me entendéis, ¿no?) me lo trago todo. Me he atragantado con libracos malos de 600 páginas, soporíferos, somníferos…sopa de caracol. ¡Vaya mierda que estoy escribiendo! Tengo, creo, cinco invitados en el blog. A los cinco, supongo, les llegarán las actualizaciones del blog. ¡Qué lastimica! Si podéis, abandonad y borraos de la lista porque esto es puro spam. Ahora todo el mundo tiene un blog. Y eso es un coñazo. Lo del coñazo lo digo porque tiene colgada en la red gente como yo basura y más basura. Esto es una pura mierda (perdón, otra vez, por mi osadía. Estoy más escatológico que nunca. Algo se me habrá pegado de los beat). Y nadie tiene porqué tragársela, la mierda. Aunque si sois de mi especie, de esos que no se pueden dejar nada en el plato, no os quedará más remedio que aguantar hasta el final. Ya sabéis: ajo. Estoy desvariando, porque el objetivo de este experimento es dejar que fluyan las ideas y las palabras sin coartar la libertad de mi subconsciente -esa mierda se la inventaron los freudianos. Habría que preguntar a Freud por qué no paro de repetir la palabra “mierda”. Suena mal. Es una palabra que no me gusta nada. Pero hoy no me puedo reprimir; todo por la ciencia. Continúo-: Lo que aquí se pretende (ahora tengo dudas con la puntación, no sé si tenía que haber un punto detrás de “subconsciente” de arriba) es lanzar al papel palabras como notas al aire. La peña de Kerouac, es decir, todos los de la generación beat, eran unos “modernos” a los que les molaba el jazz. Y por eso intentaban escribir de un modo jazzístico. Les gustaba improvisar, sentir que las teclas de la máquina de escribir componían escalas (arriba, abajo, otra vez arriba). Yo ahora estoy tecleando el ordenador en el trabajo (¡sí, me los estoy tocando a dos manos! La productividad de esta empresa y del país sería mayor si cobráramos por lo que hacemos y no por las horas). Lo siento. Me he perdido otra vez. El problema de este sistema de escritura es que uno se va por los cerros de Úbeda y pierde el hilo a la mínima. Prosigo, pues. Digo que estoy apretando el teclado como un piano. Toco la p con un golpe seco. Prolonga la aaaaaaaaaaaaaaaaaaaa y agacho la cabeza. Sí, señor. Esto es música. Fluyen las palabras como bemoles.
Perdón. Estoy de vuelta. Una compañera me acaba de preguntar por qué muevo la cabeza y zapateo en el suelo. No sabe que estoy tocando el piano mientras escribo. Sí, porque, escuchad bien, quitaos la cera: ¡Soy un puto pianista! (otra vez abuso de las malas formas y de los signos de exclamación. Mal asunto). Me está gustando el experimento, ¡oh, yeah!, pero no creo que lo pueda aguantar más. Y, sobre todo, no creo que pueda leer una cosa como esta. Motivos: uno, no me gusta el jazz; dos, no me gusta Freud; tres, “a mi me daban dos”; cuatro, como gracieta está bien, pero no me gustan los libros llenos de “mierdas”, “tíos”, “putas madres” y cosas por el estilo (¿me seguís?; cinco,…(Pregunta de examen: rellene los puntos suspensivos). No tengo remedio. Si sigo así voy a parecer lo que no soy. O a lo mejor, por eso, por ser automática la escritura aparece mi verdadero “yo”. ¿A que sí, amigo Freud? Por cierto, buscad en Google “Grupo cero”. Es una especie de “secta” (no se me ocurre mejor palabra) que une poesía y psicoanálisis. Y lo mejor de todo: han propuesto a su fundador al premio Nobel de literatura. Y aún más: en el Ayuntamiento de Móstoles, la portavoz del Psoe y alguien de UGT han presentado en rueda de prensa su candidatura a los medios. Lo siento, pero aquí tiene que ir una exclamación como un pino: ¡¡¡¡Hala!!!!!
Acabo de darme cuenta de una cosa. Más que por Kerouac o por los surrealistas, me he dejado arrastrar por el narrador de “Seymour: Una introducción”. Fue mi penúltima lectura. J.D. Salinger, ¡muereeeeee! A ti te pincho con mi tenedor de postre en el estómago. ¡Muereeeee!
Bueno, parece ser que aún no le he matado. Se percibe su influencia en el aire. Pero no le daré mayor importancia. Me pasa lo mismo con los acentos. Una semana en Murcia y ya digo “treintaitré” y “pijo, ¡cómete el mojete!” (¡¡¡¡Agua para todos!!!!). En fin, a pesar de tanto signo de exclamación, quiero que conste que a mí lo que me gusta es el punto y coma.
Una más. Inspiro-espiro. Entrelazo los dedos y los estiro. Crujen. Giro el cuello, que también suena. Cierro los ojos. Llegó el momento del final de la pieza. Me encanta ser pianista. Un golpe de silencio antes de las últimas notas. Ahí va: ta-ta-cha-channnnnnn.

Medias tintas

Como un Tamagotchi, este blog murió por inanición. Al principio lo alimenté con mala leche (cinco articulillos bufos) y lo acuné entre promesas de larga y próspera vida. Pero dos meses después del parto ya me había olvidado de la criatura. Llevo casi un año sin escribir. Y la culpa de que hoy vuelva a sentarme en el ordenador la tiene una internauta desconocida que me ha pedido permiso para colocar un link del blog en sus sitios web.
¿Y qué te digo yo ahora? Te diría que sí, pero no te lo recomiendo. O como dirían los nostálgicos: “OTAN, de entrada no”.
En el papel, soy inconstante, perezoso, dubitativo, lento, impaciente… Cualquier excusa es buena para no escribir. Me pasa algo parecido con el deporte. Creo que uno escribe en función de cómo hace abdominales -habrás deducido ya que hago tan poco ejercicio como oraciones subordinadas-.
Todos los años me digo que escribiré algo, pero nunca acabo lo que empiezo. Ya lo tengo asumido, soy de medias tintas, de uno o dos párrafos. No doy para más. Entre los intentos fallidos se encuentran siete u ocho relatos (todos a medias), tres o cuatro novelas (batí mi récord escribiendo más de 50 páginas de una historia inacabada de la que me avergüenzo), una obra de teatro (no pasé de la primera escena), un largo (que me obligué a escribir en sólo cuatro fines de semana y que duerme el sueño de los justos) y varios cortos (que alguien calificó de “astracanadas”). Lo único que acabé fue por encargo. Me pidieron escribir anuncios que nunca gustaron, monólogos sin gracia, reportajes que no llegué a cobrar y que tampoco se publicaron. Hice de negro por 600 euros al mes y ni siquiera fui invitado a la presentación del libro (un fracaso editorial). Escribí la historia de la compañía y los discursos del jefe, que esperó a que terminara los textos de la revista anual para despedirme. ¿Qué más? ¡Ah!, sí: escribí un currículum alternativo, con un sentido del humor tan extremo, que me costó la indiferencia de las empresas y el desprecio eterno de la única jefa de Recursos Humanos que me respondió. No miento.
Y este blog fue el penúltimo intento. Tendría que haber sido un rincón para el esparcimiento, un oasis en el que escribir sin preocuparme de los adjetivos. Agua.
Pero me ha vuelto a picar el gusanillo. Tal vez me anime a escribir algo más en el blog, o no. No lo sé.
Y ahora, para que no me lo tomes a mal, como escribió J.D. Salinger: “Por favor, acéptame este modesto ramillete de paréntesis tempranamente florecidos: (((((())))))).”
Tendría que haber acabado el post con esa frase redonda de “Seymour: Una introducción”, pero tengo una tendencia patológica a dejar las cosas a me

La Vuelta, esa gran estafa

¿Por qué la Vuelta a España tiene tan poco tirón entre los españoles? Hay quien culpa al calendario (septiembre se hace cuesta arriba, pendiente del 99,9%); a la falta de competitividad (nunca se espera a los grandes del Tour); al dopaje (siempre resucitan los que fracasaron en París); al color del jersey del líder (en el pasado lejano amarillo, ayer oro y mañana rojo); a las azafatas (desde Leticia Sabater el rubio platino no ha vuelto a ser tan radiante); y a las autoescuelas (bienaventurados los que circulen en bicicleta porque ellos verán pronto el Reino de los Cielos).
Yo tengo otra teoría. Se trata de un razonamiento empírico, una hipótesis demostrada sobre el asfalto. No hablo de una idea surgida del instante, sino de la reflexión impaciente de una larga espera. Les cuento:
El pasado domingo salimos a dar un paseo. La Vuelta a España llegaba a Madrid, pero eso no lo sabíamos. Diré que la culpa de este despiste -aunque bien podría confundirse con indiferencia- la tuvieron el calendario, la falta de competitividad, el dopaje, el color del jersey, las azafatas y las autoescuelas. Como digo, tras la larga Noche en Blanco salimos a dar una vuelta por el Paseo del Prado. El circo ya estaba montado a mediodía (pancarta Último Kilómetro, vallas publicitarias, pódium…). Encaramos el Paseo del Prado por la acera del Jardín Botánico sin brújula, sólo por el placer de hacer camino. Pero en la Puerta de Velázquez se nos ocurrió cruzar al otro lado con un fin: comer en el mexicano de enfrente. Buscamos un paso de peatones calle arriba, pero todos estaban bloqueados por las vallas publicitarias. Desandamos el camino para cruzar por un paso abierto vigilado por policías municipales. Esperamos pacientemente junto a un grupo de turistas a que nos permitieran atravesar la calzada. Cinco minutos después contestaron a nuestras súplicas con un “tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie. Prueben más arriba”. Subimos hasta Cibeles. Otra vez, dos custodios municipales nos impidieron cruzar la calle. Faltaban cuatro horas para que llegara el pelotón, pero el circuito diseñado para el final de etapa –Paseo del Prado y Paseo de la Castellana- estaba salpicado de grupos de ciclistas amateur. Y para nuestra sorpresa, estaría cerrado ¡hasta las seis de la tarde! Teníamos hambre, sed y estábamos desesperados. Nos creíamos listos cuando nos metimos con un grupo de turistas al parking subterráneo de Cibeles. Esperábamos encontrar una salida peatonal al otro lado, una idea lógica que al arquitecto no se lo ocurrió (o quizá el constructor quiso ahorrar gastos). Tal desesperación tenía un turista norteamericano que a punto estuvo de llamar a la embajada de su país para que le rescataran los marines. Si en lugar de un muro las autoridades de Berlín Oriental hubieran diseñado una ronda ciclista sin interrupción, al modo de la Vuelta, las dos Alemanias seguirían aún hoy divididas. Dos kilómetros más arriba, en Colón, logramos cruzar. ¡Por fin pertenecíamos al otro lado! Sólo nos quedaban dos kilómetros, más abajo, para llegar al restaurante. Y llegamos, cinco minutos antes de que cerraran la cocina.
Esta experiencia me abrió los ojos. Descubrí la gran mentira: a nadie le gusta la Vuelta. No hay excusas. No responsabilicemos al gerente que despidió a Leticia Sabater. Simplemente, a nadie le gusta ver sudar en la carretera a unos tíos depilados en mallas. Para eso ya está “Fama”. Los más escépticos preguntaréis: ¿Y el público que aparece en los finales de etapa? Ilusos. Ese público está retenido contra su voluntad, es un público cautivo. Y si aplauden no es para animar a sus ídolos, sino para meterles prisa porque quieren que los policías municipales abran la calle.
¿Quién está detrás de la Vuelta?, ¿los masones?, ¿la Iglesia de la Cienciología? La respuesta no hay que buscarla en desiertos ni montañas lejanas, sino en el “lobby” de fabricantes de pepinillos. Nos hacen pensar que la Vuelta a España le interesa a alguien, como también nos hacen creer que el complemento perfecto de una hamburguesa es un pepinillo agrio. Un caso para Michael Moore.

Mapa de los sonidos de Tokio

¿Crees que soy tan hijo de puta como para desvelarte el final de la película? ¿No me conoces bien? Sabes que, incluso, me jode que me cuenten una sinopsis. Como cuando te dicen que la historia va de un empresario que encarga a una pescadera -asesina freelance en sus ratos libres- que acabe con la vida del novio de su hija porque no soporta que él siga vivo mientras ella cría malvas, ya que a la infeliz -la Paris Hilton de Tokio, que todo lo tenía- le dio por suicidarse. Me jode mucho que me cuenten cómo la pescadera se enamora de su víctima potencial y cómo su cliente -todo orgullo herido- aprieta el gatillo para culminar una venganza que acaba mal porque a ella -la asesina con olor a salmón- le entran remordimientos y decide parar la bala con el estómago. Me cabrea que, para remate, me cuenten cómo él -macho ibérico sacado del landismo- abandona su tienda de vinos para rehacer su vida en Barcelona, donde se casa, tiene un niño y abre un negocio de productos japoneses. Pero me jode más que nadie me haya contado el argumento de la última película de Isabel Coixet antes de comprar la entrada. Porque lo de arriba, aunque parezca una broma, es el planteamiento, nudo y desenlace de “Mapa de los sonidos de Tokio”. De nada. Ya me lo pagarás con una caña.

Sí, por desgracia yo sí pagué para ver la última película de la Coixet. Un amigo dice que tenía que haber entrado gratis, porque el rodaje lo hemos pagado todos los españoles. Y no le falta razón. La cinta ha recibido la subvención, si no recuerdo mal, del Ministerio de Cultura, del Instituto de las Artes Cinematográficas, de Televisión Española, de TV3, del Instituto Español de Comercio Exterior, de la Generalitat de Catalunya y del Ayuntamiento de Barcelona (me gustaría escuchar la opinión del arzobispo LluísMartínez sobre la campaña de fichajes de cineastas emprendida por las autoridades de la Ciudad Condal). Por cierto, si esa misma historia la hubiera patrocinado la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha la película habría sido igual de mala. Pero no tiene el mismo caché que una asesina a sueldo trabaje en el mayor mercado de pescado del mundo a que lo haga en una fábrica de embutidos. Lo primero lo tacharíamos de exótico, lo segundo, de españolada. Que no te engañe el envoltorio.

Paradójico es que lo peor para mis riñones de “Mapa de los sonidos de Tokio” fueran sus silencios, largos como los de la espera en el consultorio del dentista. No podía ni moverme de la butaca. Hasta el roce de mis piernas -sonido amplificado por el vacío de la banda de audio- molestaba a los de la fila 20. Pero todo tiene un final. Aliviado, salí del cine para respirar el aire contaminado de Madrid, aunque a mí nunca un aire me pareció más puro. Temí hablar, decir que la película era lenta, previsible, que los diálogos estaban forzados. A mi alrededor se alababa su fotografía y su banda sonora, únicos argumentos esgrimidos para justificar el precio de la entrada. ¡Ah!, también estaba el turístico: “¡Qué bonito Tokio!”, llegué a escuchar. Pero la Coixet no me convenció. No me engañó porque si quiero ver Tokio ya tengo “Callejeros viajeros” o “Españoles por el mundo”. Tampoco me engañó porque tuve la suerte de vivir en Tokio un mes, y puedo hablar con cierta propiedad si digo que la Coixet se ha refugiado en el tópico. No rascó la superficie de cartón piedra que se muestra a los turistas occidentales. Para que me entiendas, cambiaré los roles: si la Coixet se llamara Coi Xe, habría rodado un “Mapa de los sonidos de Madrid” con paellas, corridas de toros y flamenco. ¡Olé!

Capítulo 3: Sobre dónde cagar

Sin eufemismos. Directo a la palabra, aunque ésta no guste. He dejado la puerta entreabierta y ya se percibe el hedor. Si la nariz del que lee estas líneas no está preparada para sacudidas debería desistir en este párrafo. Porque lo que hay al otro lado es sucio, feo, escatológico. Y no andaré con remilgos. 

Cagué unos minutos antes de coger el coche.  Como en casa, en ningún sitio. Forcé el esfínter, alternando movimientos de contracción y relajación,  para quitarme la máxima carga posible. Sabía que tendría que aguantar al menos 48 horas sin cagar, porque en un camping con sanitarios atascados y con miles de personas acechando tras un matorral no hay manera de concentrarse. Me siento como un criminal de mierda; culpable por abonar un árbol con nocturnidad y alevosía. 

En el Sonorama, como una revelación del milenarismo, me vino la imagen de Sánchez Dragó, que a los 73 años presume de ser un maestro del sexo tántrico, técnica   gracias a la que consigue eyacular hacia el interior de su cuerpo –algo que habla del excelente concepto que tiene sobre sí mismo-. Afortunadamente no todos somos tan narcisistas en cuestión de sexo. Pero en otros aspectos fisiológicos compartimos la técnica, aunque el fin último no sea el placer. Hablo, por poner un ejemplo, de la defecación tantra, que permite aguantar dos días con sus dos noches sin pasar por caja.

Pero la defecación tantra no es una técnica infalible.  Aspectos externos como el garrafón o el menú del día a 5 euros pueden alterar la flora intestinal hasta el punto de no retorno. En casos urgentes como éstos, el Sonorama ofrece soluciones. La más higiénica está a 20 o 30 minutos, en el centro de Aranda de Duero. Allí podemos encontrar retretes de cerámica. Su precio es de un euro, incluye consumición, pero no se garantiza papel. Para un mejor servicio, se recomienda asistir a estos establecimientos hosteleros a la hora de apertura.

Si no podemos aguantarnos, una opción más cercana la tenemos en el camping. El perímetro del parque ofrece rincones exquisitos para la privacidad, aunque esa privacidad sólo puede ejercerse bajo el manto de la noche. Por eso, al caer las tinieblas, como murciélagos en celo, decenas de indies escudriñan el follaje. Minutos después, sonrisa por montera, anuncian el regreso con la misma gracia: “Acabo de plantar un pino”. Y no les falta razón. Los arbustos y árboles más hermosos del parque se encuentran en el perímetro, al calor del abono humano. Para su confort, si le incomoda utilizar piedras de segunda mano,  se recomienda llevar papel.

Roca debería inspirarse en Michelín para hacer una guía que califique los retretes de España y Portugal. Sólo tendría que sustituir las estrellas por escobillas. Así, tres escobillas Roca serían la máxima distinción, la que premiaría a aquellos retretes aptos para echar una siesta. Lamentablemente, la tercera solución que ofrece el Sonorama para cagar no conseguiría ni media escobilla. Esa tercera vía es la más peligrosa. Hablamos del sanitario portátil, más conocido como la cabina de la muerte. No diré más porque hasta su nombre me produce escalofríos. Sólo revelaré un secreto que escuché entre susurros. Un operario de la compañía que alquila los sanitarios portátiles a la organización me dijo que la carga la llevarían a una granja ecológica. La próxima vez que os comáis un tomate orgánico en el vegetariano pensad en el Sonorama.