Sin eufemismos. Directo a la palabra, aunque ésta no guste. He dejado la puerta entreabierta y ya se percibe el hedor. Si la nariz del que lee estas líneas no está preparada para sacudidas debería desistir en este párrafo. Porque lo que hay al otro lado es sucio, feo, escatológico. Y no andaré con remilgos.
Cagué unos minutos antes de coger el coche. Como en casa, en ningún sitio. Forcé el esfínter, alternando movimientos de contracción y relajación, para quitarme la máxima carga posible. Sabía que tendría que aguantar al menos 48 horas sin cagar, porque en un camping con sanitarios atascados y con miles de personas acechando tras un matorral no hay manera de concentrarse. Me siento como un criminal de mierda; culpable por abonar un árbol con nocturnidad y alevosía.
En el Sonorama, como una revelación del milenarismo, me vino la imagen de Sánchez Dragó, que a los 73 años presume de ser un maestro del sexo tántrico, técnica gracias a la que consigue eyacular hacia el interior de su cuerpo –algo que habla del excelente concepto que tiene sobre sí mismo-. Afortunadamente no todos somos tan narcisistas en cuestión de sexo. Pero en otros aspectos fisiológicos compartimos la técnica, aunque el fin último no sea el placer. Hablo, por poner un ejemplo, de la defecación tantra, que permite aguantar dos días con sus dos noches sin pasar por caja.
Pero la defecación tantra no es una técnica infalible. Aspectos externos como el garrafón o el menú del día a 5 euros pueden alterar la flora intestinal hasta el punto de no retorno. En casos urgentes como éstos, el Sonorama ofrece soluciones. La más higiénica está a 20 o 30 minutos, en el centro de Aranda de Duero. Allí podemos encontrar retretes de cerámica. Su precio es de un euro, incluye consumición, pero no se garantiza papel. Para un mejor servicio, se recomienda asistir a estos establecimientos hosteleros a la hora de apertura.
Si no podemos aguantarnos, una opción más cercana la tenemos en el camping. El perímetro del parque ofrece rincones exquisitos para la privacidad, aunque esa privacidad sólo puede ejercerse bajo el manto de la noche. Por eso, al caer las tinieblas, como murciélagos en celo, decenas de indies escudriñan el follaje. Minutos después, sonrisa por montera, anuncian el regreso con la misma gracia: “Acabo de plantar un pino”. Y no les falta razón. Los arbustos y árboles más hermosos del parque se encuentran en el perímetro, al calor del abono humano. Para su confort, si le incomoda utilizar piedras de segunda mano, se recomienda llevar papel.
Roca debería inspirarse en Michelín para hacer una guía que califique los retretes de España y Portugal. Sólo tendría que sustituir las estrellas por escobillas. Así, tres escobillas Roca serían la máxima distinción, la que premiaría a aquellos retretes aptos para echar una siesta. Lamentablemente, la tercera solución que ofrece el Sonorama para cagar no conseguiría ni media escobilla. Esa tercera vía es la más peligrosa. Hablamos del sanitario portátil, más conocido como la cabina de la muerte. No diré más porque hasta su nombre me produce escalofríos. Sólo revelaré un secreto que escuché entre susurros. Un operario de la compañía que alquila los sanitarios portátiles a la organización me dijo que la carga la llevarían a una granja ecológica. La próxima vez que os comáis un tomate orgánico en el vegetariano pensad en el Sonorama.