Capítulo 3: Sobre dónde cagar

Sin eufemismos. Directo a la palabra, aunque ésta no guste. He dejado la puerta entreabierta y ya se percibe el hedor. Si la nariz del que lee estas líneas no está preparada para sacudidas debería desistir en este párrafo. Porque lo que hay al otro lado es sucio, feo, escatológico. Y no andaré con remilgos. 

Cagué unos minutos antes de coger el coche.  Como en casa, en ningún sitio. Forcé el esfínter, alternando movimientos de contracción y relajación,  para quitarme la máxima carga posible. Sabía que tendría que aguantar al menos 48 horas sin cagar, porque en un camping con sanitarios atascados y con miles de personas acechando tras un matorral no hay manera de concentrarse. Me siento como un criminal de mierda; culpable por abonar un árbol con nocturnidad y alevosía. 

En el Sonorama, como una revelación del milenarismo, me vino la imagen de Sánchez Dragó, que a los 73 años presume de ser un maestro del sexo tántrico, técnica   gracias a la que consigue eyacular hacia el interior de su cuerpo –algo que habla del excelente concepto que tiene sobre sí mismo-. Afortunadamente no todos somos tan narcisistas en cuestión de sexo. Pero en otros aspectos fisiológicos compartimos la técnica, aunque el fin último no sea el placer. Hablo, por poner un ejemplo, de la defecación tantra, que permite aguantar dos días con sus dos noches sin pasar por caja.

Pero la defecación tantra no es una técnica infalible.  Aspectos externos como el garrafón o el menú del día a 5 euros pueden alterar la flora intestinal hasta el punto de no retorno. En casos urgentes como éstos, el Sonorama ofrece soluciones. La más higiénica está a 20 o 30 minutos, en el centro de Aranda de Duero. Allí podemos encontrar retretes de cerámica. Su precio es de un euro, incluye consumición, pero no se garantiza papel. Para un mejor servicio, se recomienda asistir a estos establecimientos hosteleros a la hora de apertura.

Si no podemos aguantarnos, una opción más cercana la tenemos en el camping. El perímetro del parque ofrece rincones exquisitos para la privacidad, aunque esa privacidad sólo puede ejercerse bajo el manto de la noche. Por eso, al caer las tinieblas, como murciélagos en celo, decenas de indies escudriñan el follaje. Minutos después, sonrisa por montera, anuncian el regreso con la misma gracia: “Acabo de plantar un pino”. Y no les falta razón. Los arbustos y árboles más hermosos del parque se encuentran en el perímetro, al calor del abono humano. Para su confort, si le incomoda utilizar piedras de segunda mano,  se recomienda llevar papel.

Roca debería inspirarse en Michelín para hacer una guía que califique los retretes de España y Portugal. Sólo tendría que sustituir las estrellas por escobillas. Así, tres escobillas Roca serían la máxima distinción, la que premiaría a aquellos retretes aptos para echar una siesta. Lamentablemente, la tercera solución que ofrece el Sonorama para cagar no conseguiría ni media escobilla. Esa tercera vía es la más peligrosa. Hablamos del sanitario portátil, más conocido como la cabina de la muerte. No diré más porque hasta su nombre me produce escalofríos. Sólo revelaré un secreto que escuché entre susurros. Un operario de la compañía que alquila los sanitarios portátiles a la organización me dijo que la carga la llevarían a una granja ecológica. La próxima vez que os comáis un tomate orgánico en el vegetariano pensad en el Sonorama.

Capítulo 2: Currículum vítae del sonorama-man y otras disquisiciones sobre su nivel de inglés

Chico JASP (no confundir con Julio, Agosto y Septiembre Puteado, definición de becario). Hablo de chico JASP en su más absoluta “mayusculidad” (JOVEN AUNQUE SOBRADAMENTE PREPARADO). Al indie se le supone currículum para mantener una conversación de tú a tú hasta con un argentino (Leo Messi, al que le falta el gen de la palabra, no entraría en la categoría de argentino, según el Scatergorix). Incluso un argentino podría morir de inanición si la charla versara sobre cine independiente. Y si la conversación es en inglés, más puntos a favor del indie. 

La mayoría de los currículos en el capítulo de idiomas están maquillados. Yo, con un nivel bajo, me apunto un medio; el del nivel medio se anota un alto; y éste último se suma al grupo del excelente. Pero, ¿qué pasa cuando el nivel de inglés da para rehacer a tu gusto las letras de la murciana, hija de británicos, Alondra Bentley? El indie lo tiene claro. Nivel de inglés: “sobrao”.

No deja de sorprenderme que en el Sonorama, el festival del circuito indie nacional (el FIB tiene pasaporte británico), el inglés sea la lengua más utilizada. ¿Por qué la mayoría de solistas o grupos españoles que cultivan el género se dedican a cantar en la lengua de Shakespeare? Si pretenden ser alternativos y para una selecta minoría, ¿por qué cantar en el idioma más utilizado en el planeta? Aunque si cantan en inglés para llegar a más público, ¿por qué dicen que forman parte del circuito independiente? Independiente porque a más fans, ¿más independencia económica? En el fondo, pese a que nos pongamos las gafas de pasta -como rezan en Cádiz- “todo lo que pedimos los españoles es que nos inviten a calamares y a mejillones”.

Pero supongamos buena fe a los grupos del circuito independiente. No todo va a ser capitalismo. El movimiento indie surgió al margen de discográficas. Amiguetes que grabaron en un garaje canciones para que las escucharan otros amiguetes. Y así es probable que los toledanos “The Sunday Drivers” (me he permitido la licencia poética de traducirlo como “Los domingueros”, ya que éstos también se llevan el coche a la Casa de Campo) cantaran en inglés para sus amigos londinenses. Porque -y esta es una máxima irrefutable comprobada empíricamente- todo indie tiene un amigo que estudia, trabaja o sobrevive en Londres.

Por cierto, el sábado, uno de los pocos extranjeros que había en el Sonorama se dirigió a mí en inglés para preguntarme no sé qué. A mí. Entre treinta mil indies que dominan a la perfección los verbos irregulares se dirigió a mí. Es como si en el XXV Congreso de Neurocirugía, a reventar de cirujanos, me pidieran hacer una operación a cráneo abierto. En fin, me quedé bloqueado, como siempre que me hablan en inglés, y sólo pude decirle, a lo Robert De Niro: “Are you talking to me?”.

Y una pregunta más que dejo en el aire, ésta en español: ¿Con qué acento pronunciará Alondra Bentley el título del ya mítico programa de televisión “Murcia, que hermosa eres”?

Capítulo 1: Un porompompero en el paraíso popero

Yo, que me crié entre joselitos y marisoles. Yo, que nunca oí hablar de Christina Rosenvinge. Yo, que siempre fui de pandereta, me dejé arrastrar hasta Aranda de Duero. El pasado fin de semana, a los treintiuno, y pese a las advertencias de mis amigos,  asistí a mi primer festival. Y tal valor le eché, que hasta dormí, también por primera vez, en una tienda de campaña. 

El Sonorama me descubrió un universo paralelo, un reino independiente gobernado por  “indies”, seres cuasi mitológicos para alguien que escucha Cadena Dial, Radio Olé y Sol XXI. Tomé conciencia de los peajes que hay que pagar para formar parte del club durante el concierto de Vetusta Morla. Los diez mil, quince mil indies que me rodeaban se sabían las letras de todas las canciones. Conclusión: hay que ir estudiao al Sonorama. De hecho, un indie, siempre que puede, entona la letra unas milésimas de segundo antes que el cantante para demostrar que se la sabe, incluso, mejor que éste.  Así pues, rodeado de empollones, me vi perdido en mi primer concierto del festival. Incómodo ante las miradas sibilinas, fingí. Moví labios, como otrora había hecho en misa (nunca llegué a aprenderme el Credo, pese a los pescozones del padre Juan). No diré más. Todo lo que diga será en vano, pues no podría hacer un juicio de valor de Vetusta Morla porque los hijos de puta de atrás, que sí se sabían las letras, no me dejaron escuchar.

Pero no quiero ser agresivo, porque los indies son gente de paz, aunque, paradojas de la vida, su modelo de gorra sigue los patrones del Ejército de Tierra. Buen rollito es lo que prima entre los festivaleros. Me gusta el espíritu optimista de los indies. Hasta The Sunday Drivers, con unas letras más tristes que un día sin pan, tocan con una alegría propia de Sor Citroen. Sí, tu novia te ha dejado por tu gato siamés, pero mira con qué sonrisa canto al mundo las ganas que tienes de tirarte por el viaducto.