Capítulo 1: Un porompompero en el paraíso popero

Yo, que me crié entre joselitos y marisoles. Yo, que nunca oí hablar de Christina Rosenvinge. Yo, que siempre fui de pandereta, me dejé arrastrar hasta Aranda de Duero. El pasado fin de semana, a los treintiuno, y pese a las advertencias de mis amigos,  asistí a mi primer festival. Y tal valor le eché, que hasta dormí, también por primera vez, en una tienda de campaña. 

El Sonorama me descubrió un universo paralelo, un reino independiente gobernado por  “indies”, seres cuasi mitológicos para alguien que escucha Cadena Dial, Radio Olé y Sol XXI. Tomé conciencia de los peajes que hay que pagar para formar parte del club durante el concierto de Vetusta Morla. Los diez mil, quince mil indies que me rodeaban se sabían las letras de todas las canciones. Conclusión: hay que ir estudiao al Sonorama. De hecho, un indie, siempre que puede, entona la letra unas milésimas de segundo antes que el cantante para demostrar que se la sabe, incluso, mejor que éste.  Así pues, rodeado de empollones, me vi perdido en mi primer concierto del festival. Incómodo ante las miradas sibilinas, fingí. Moví labios, como otrora había hecho en misa (nunca llegué a aprenderme el Credo, pese a los pescozones del padre Juan). No diré más. Todo lo que diga será en vano, pues no podría hacer un juicio de valor de Vetusta Morla porque los hijos de puta de atrás, que sí se sabían las letras, no me dejaron escuchar.

Pero no quiero ser agresivo, porque los indies son gente de paz, aunque, paradojas de la vida, su modelo de gorra sigue los patrones del Ejército de Tierra. Buen rollito es lo que prima entre los festivaleros. Me gusta el espíritu optimista de los indies. Hasta The Sunday Drivers, con unas letras más tristes que un día sin pan, tocan con una alegría propia de Sor Citroen. Sí, tu novia te ha dejado por tu gato siamés, pero mira con qué sonrisa canto al mundo las ganas que tienes de tirarte por el viaducto. 



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