La Vuelta, esa gran estafa

¿Por qué la Vuelta a España tiene tan poco tirón entre los españoles? Hay quien culpa al calendario (septiembre se hace cuesta arriba, pendiente del 99,9%); a la falta de competitividad (nunca se espera a los grandes del Tour); al dopaje (siempre resucitan los que fracasaron en París); al color del jersey del líder (en el pasado lejano amarillo, ayer oro y mañana rojo); a las azafatas (desde Leticia Sabater el rubio platino no ha vuelto a ser tan radiante); y a las autoescuelas (bienaventurados los que circulen en bicicleta porque ellos verán pronto el Reino de los Cielos).
Yo tengo otra teoría. Se trata de un razonamiento empírico, una hipótesis demostrada sobre el asfalto. No hablo de una idea surgida del instante, sino de la reflexión impaciente de una larga espera. Les cuento:
El pasado domingo salimos a dar un paseo. La Vuelta a España llegaba a Madrid, pero eso no lo sabíamos. Diré que la culpa de este despiste -aunque bien podría confundirse con indiferencia- la tuvieron el calendario, la falta de competitividad, el dopaje, el color del jersey, las azafatas y las autoescuelas. Como digo, tras la larga Noche en Blanco salimos a dar una vuelta por el Paseo del Prado. El circo ya estaba montado a mediodía (pancarta Último Kilómetro, vallas publicitarias, pódium…). Encaramos el Paseo del Prado por la acera del Jardín Botánico sin brújula, sólo por el placer de hacer camino. Pero en la Puerta de Velázquez se nos ocurrió cruzar al otro lado con un fin: comer en el mexicano de enfrente. Buscamos un paso de peatones calle arriba, pero todos estaban bloqueados por las vallas publicitarias. Desandamos el camino para cruzar por un paso abierto vigilado por policías municipales. Esperamos pacientemente junto a un grupo de turistas a que nos permitieran atravesar la calzada. Cinco minutos después contestaron a nuestras súplicas con un “tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie. Prueben más arriba”. Subimos hasta Cibeles. Otra vez, dos custodios municipales nos impidieron cruzar la calle. Faltaban cuatro horas para que llegara el pelotón, pero el circuito diseñado para el final de etapa –Paseo del Prado y Paseo de la Castellana- estaba salpicado de grupos de ciclistas amateur. Y para nuestra sorpresa, estaría cerrado ¡hasta las seis de la tarde! Teníamos hambre, sed y estábamos desesperados. Nos creíamos listos cuando nos metimos con un grupo de turistas al parking subterráneo de Cibeles. Esperábamos encontrar una salida peatonal al otro lado, una idea lógica que al arquitecto no se lo ocurrió (o quizá el constructor quiso ahorrar gastos). Tal desesperación tenía un turista norteamericano que a punto estuvo de llamar a la embajada de su país para que le rescataran los marines. Si en lugar de un muro las autoridades de Berlín Oriental hubieran diseñado una ronda ciclista sin interrupción, al modo de la Vuelta, las dos Alemanias seguirían aún hoy divididas. Dos kilómetros más arriba, en Colón, logramos cruzar. ¡Por fin pertenecíamos al otro lado! Sólo nos quedaban dos kilómetros, más abajo, para llegar al restaurante. Y llegamos, cinco minutos antes de que cerraran la cocina.
Esta experiencia me abrió los ojos. Descubrí la gran mentira: a nadie le gusta la Vuelta. No hay excusas. No responsabilicemos al gerente que despidió a Leticia Sabater. Simplemente, a nadie le gusta ver sudar en la carretera a unos tíos depilados en mallas. Para eso ya está “Fama”. Los más escépticos preguntaréis: ¿Y el público que aparece en los finales de etapa? Ilusos. Ese público está retenido contra su voluntad, es un público cautivo. Y si aplauden no es para animar a sus ídolos, sino para meterles prisa porque quieren que los policías municipales abran la calle.
¿Quién está detrás de la Vuelta?, ¿los masones?, ¿la Iglesia de la Cienciología? La respuesta no hay que buscarla en desiertos ni montañas lejanas, sino en el “lobby” de fabricantes de pepinillos. Nos hacen pensar que la Vuelta a España le interesa a alguien, como también nos hacen creer que el complemento perfecto de una hamburguesa es un pepinillo agrio. Un caso para Michael Moore.

Mapa de los sonidos de Tokio

¿Crees que soy tan hijo de puta como para desvelarte el final de la película? ¿No me conoces bien? Sabes que, incluso, me jode que me cuenten una sinopsis. Como cuando te dicen que la historia va de un empresario que encarga a una pescadera -asesina freelance en sus ratos libres- que acabe con la vida del novio de su hija porque no soporta que él siga vivo mientras ella cría malvas, ya que a la infeliz -la Paris Hilton de Tokio, que todo lo tenía- le dio por suicidarse. Me jode mucho que me cuenten cómo la pescadera se enamora de su víctima potencial y cómo su cliente -todo orgullo herido- aprieta el gatillo para culminar una venganza que acaba mal porque a ella -la asesina con olor a salmón- le entran remordimientos y decide parar la bala con el estómago. Me cabrea que, para remate, me cuenten cómo él -macho ibérico sacado del landismo- abandona su tienda de vinos para rehacer su vida en Barcelona, donde se casa, tiene un niño y abre un negocio de productos japoneses. Pero me jode más que nadie me haya contado el argumento de la última película de Isabel Coixet antes de comprar la entrada. Porque lo de arriba, aunque parezca una broma, es el planteamiento, nudo y desenlace de “Mapa de los sonidos de Tokio”. De nada. Ya me lo pagarás con una caña.

Sí, por desgracia yo sí pagué para ver la última película de la Coixet. Un amigo dice que tenía que haber entrado gratis, porque el rodaje lo hemos pagado todos los españoles. Y no le falta razón. La cinta ha recibido la subvención, si no recuerdo mal, del Ministerio de Cultura, del Instituto de las Artes Cinematográficas, de Televisión Española, de TV3, del Instituto Español de Comercio Exterior, de la Generalitat de Catalunya y del Ayuntamiento de Barcelona (me gustaría escuchar la opinión del arzobispo LluísMartínez sobre la campaña de fichajes de cineastas emprendida por las autoridades de la Ciudad Condal). Por cierto, si esa misma historia la hubiera patrocinado la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha la película habría sido igual de mala. Pero no tiene el mismo caché que una asesina a sueldo trabaje en el mayor mercado de pescado del mundo a que lo haga en una fábrica de embutidos. Lo primero lo tacharíamos de exótico, lo segundo, de españolada. Que no te engañe el envoltorio.

Paradójico es que lo peor para mis riñones de “Mapa de los sonidos de Tokio” fueran sus silencios, largos como los de la espera en el consultorio del dentista. No podía ni moverme de la butaca. Hasta el roce de mis piernas -sonido amplificado por el vacío de la banda de audio- molestaba a los de la fila 20. Pero todo tiene un final. Aliviado, salí del cine para respirar el aire contaminado de Madrid, aunque a mí nunca un aire me pareció más puro. Temí hablar, decir que la película era lenta, previsible, que los diálogos estaban forzados. A mi alrededor se alababa su fotografía y su banda sonora, únicos argumentos esgrimidos para justificar el precio de la entrada. ¡Ah!, también estaba el turístico: “¡Qué bonito Tokio!”, llegué a escuchar. Pero la Coixet no me convenció. No me engañó porque si quiero ver Tokio ya tengo “Callejeros viajeros” o “Españoles por el mundo”. Tampoco me engañó porque tuve la suerte de vivir en Tokio un mes, y puedo hablar con cierta propiedad si digo que la Coixet se ha refugiado en el tópico. No rascó la superficie de cartón piedra que se muestra a los turistas occidentales. Para que me entiendas, cambiaré los roles: si la Coixet se llamara Coi Xe, habría rodado un “Mapa de los sonidos de Madrid” con paellas, corridas de toros y flamenco. ¡Olé!

Capítulo 3: Sobre dónde cagar

Sin eufemismos. Directo a la palabra, aunque ésta no guste. He dejado la puerta entreabierta y ya se percibe el hedor. Si la nariz del que lee estas líneas no está preparada para sacudidas debería desistir en este párrafo. Porque lo que hay al otro lado es sucio, feo, escatológico. Y no andaré con remilgos. 

Cagué unos minutos antes de coger el coche.  Como en casa, en ningún sitio. Forcé el esfínter, alternando movimientos de contracción y relajación,  para quitarme la máxima carga posible. Sabía que tendría que aguantar al menos 48 horas sin cagar, porque en un camping con sanitarios atascados y con miles de personas acechando tras un matorral no hay manera de concentrarse. Me siento como un criminal de mierda; culpable por abonar un árbol con nocturnidad y alevosía. 

En el Sonorama, como una revelación del milenarismo, me vino la imagen de Sánchez Dragó, que a los 73 años presume de ser un maestro del sexo tántrico, técnica   gracias a la que consigue eyacular hacia el interior de su cuerpo –algo que habla del excelente concepto que tiene sobre sí mismo-. Afortunadamente no todos somos tan narcisistas en cuestión de sexo. Pero en otros aspectos fisiológicos compartimos la técnica, aunque el fin último no sea el placer. Hablo, por poner un ejemplo, de la defecación tantra, que permite aguantar dos días con sus dos noches sin pasar por caja.

Pero la defecación tantra no es una técnica infalible.  Aspectos externos como el garrafón o el menú del día a 5 euros pueden alterar la flora intestinal hasta el punto de no retorno. En casos urgentes como éstos, el Sonorama ofrece soluciones. La más higiénica está a 20 o 30 minutos, en el centro de Aranda de Duero. Allí podemos encontrar retretes de cerámica. Su precio es de un euro, incluye consumición, pero no se garantiza papel. Para un mejor servicio, se recomienda asistir a estos establecimientos hosteleros a la hora de apertura.

Si no podemos aguantarnos, una opción más cercana la tenemos en el camping. El perímetro del parque ofrece rincones exquisitos para la privacidad, aunque esa privacidad sólo puede ejercerse bajo el manto de la noche. Por eso, al caer las tinieblas, como murciélagos en celo, decenas de indies escudriñan el follaje. Minutos después, sonrisa por montera, anuncian el regreso con la misma gracia: “Acabo de plantar un pino”. Y no les falta razón. Los arbustos y árboles más hermosos del parque se encuentran en el perímetro, al calor del abono humano. Para su confort, si le incomoda utilizar piedras de segunda mano,  se recomienda llevar papel.

Roca debería inspirarse en Michelín para hacer una guía que califique los retretes de España y Portugal. Sólo tendría que sustituir las estrellas por escobillas. Así, tres escobillas Roca serían la máxima distinción, la que premiaría a aquellos retretes aptos para echar una siesta. Lamentablemente, la tercera solución que ofrece el Sonorama para cagar no conseguiría ni media escobilla. Esa tercera vía es la más peligrosa. Hablamos del sanitario portátil, más conocido como la cabina de la muerte. No diré más porque hasta su nombre me produce escalofríos. Sólo revelaré un secreto que escuché entre susurros. Un operario de la compañía que alquila los sanitarios portátiles a la organización me dijo que la carga la llevarían a una granja ecológica. La próxima vez que os comáis un tomate orgánico en el vegetariano pensad en el Sonorama.

Capítulo 2: Currículum vítae del sonorama-man y otras disquisiciones sobre su nivel de inglés

Chico JASP (no confundir con Julio, Agosto y Septiembre Puteado, definición de becario). Hablo de chico JASP en su más absoluta “mayusculidad” (JOVEN AUNQUE SOBRADAMENTE PREPARADO). Al indie se le supone currículum para mantener una conversación de tú a tú hasta con un argentino (Leo Messi, al que le falta el gen de la palabra, no entraría en la categoría de argentino, según el Scatergorix). Incluso un argentino podría morir de inanición si la charla versara sobre cine independiente. Y si la conversación es en inglés, más puntos a favor del indie. 

La mayoría de los currículos en el capítulo de idiomas están maquillados. Yo, con un nivel bajo, me apunto un medio; el del nivel medio se anota un alto; y éste último se suma al grupo del excelente. Pero, ¿qué pasa cuando el nivel de inglés da para rehacer a tu gusto las letras de la murciana, hija de británicos, Alondra Bentley? El indie lo tiene claro. Nivel de inglés: “sobrao”.

No deja de sorprenderme que en el Sonorama, el festival del circuito indie nacional (el FIB tiene pasaporte británico), el inglés sea la lengua más utilizada. ¿Por qué la mayoría de solistas o grupos españoles que cultivan el género se dedican a cantar en la lengua de Shakespeare? Si pretenden ser alternativos y para una selecta minoría, ¿por qué cantar en el idioma más utilizado en el planeta? Aunque si cantan en inglés para llegar a más público, ¿por qué dicen que forman parte del circuito independiente? Independiente porque a más fans, ¿más independencia económica? En el fondo, pese a que nos pongamos las gafas de pasta -como rezan en Cádiz- “todo lo que pedimos los españoles es que nos inviten a calamares y a mejillones”.

Pero supongamos buena fe a los grupos del circuito independiente. No todo va a ser capitalismo. El movimiento indie surgió al margen de discográficas. Amiguetes que grabaron en un garaje canciones para que las escucharan otros amiguetes. Y así es probable que los toledanos “The Sunday Drivers” (me he permitido la licencia poética de traducirlo como “Los domingueros”, ya que éstos también se llevan el coche a la Casa de Campo) cantaran en inglés para sus amigos londinenses. Porque -y esta es una máxima irrefutable comprobada empíricamente- todo indie tiene un amigo que estudia, trabaja o sobrevive en Londres.

Por cierto, el sábado, uno de los pocos extranjeros que había en el Sonorama se dirigió a mí en inglés para preguntarme no sé qué. A mí. Entre treinta mil indies que dominan a la perfección los verbos irregulares se dirigió a mí. Es como si en el XXV Congreso de Neurocirugía, a reventar de cirujanos, me pidieran hacer una operación a cráneo abierto. En fin, me quedé bloqueado, como siempre que me hablan en inglés, y sólo pude decirle, a lo Robert De Niro: “Are you talking to me?”.

Y una pregunta más que dejo en el aire, ésta en español: ¿Con qué acento pronunciará Alondra Bentley el título del ya mítico programa de televisión “Murcia, que hermosa eres”?

Capítulo 1: Un porompompero en el paraíso popero

Yo, que me crié entre joselitos y marisoles. Yo, que nunca oí hablar de Christina Rosenvinge. Yo, que siempre fui de pandereta, me dejé arrastrar hasta Aranda de Duero. El pasado fin de semana, a los treintiuno, y pese a las advertencias de mis amigos,  asistí a mi primer festival. Y tal valor le eché, que hasta dormí, también por primera vez, en una tienda de campaña. 

El Sonorama me descubrió un universo paralelo, un reino independiente gobernado por  “indies”, seres cuasi mitológicos para alguien que escucha Cadena Dial, Radio Olé y Sol XXI. Tomé conciencia de los peajes que hay que pagar para formar parte del club durante el concierto de Vetusta Morla. Los diez mil, quince mil indies que me rodeaban se sabían las letras de todas las canciones. Conclusión: hay que ir estudiao al Sonorama. De hecho, un indie, siempre que puede, entona la letra unas milésimas de segundo antes que el cantante para demostrar que se la sabe, incluso, mejor que éste.  Así pues, rodeado de empollones, me vi perdido en mi primer concierto del festival. Incómodo ante las miradas sibilinas, fingí. Moví labios, como otrora había hecho en misa (nunca llegué a aprenderme el Credo, pese a los pescozones del padre Juan). No diré más. Todo lo que diga será en vano, pues no podría hacer un juicio de valor de Vetusta Morla porque los hijos de puta de atrás, que sí se sabían las letras, no me dejaron escuchar.

Pero no quiero ser agresivo, porque los indies son gente de paz, aunque, paradojas de la vida, su modelo de gorra sigue los patrones del Ejército de Tierra. Buen rollito es lo que prima entre los festivaleros. Me gusta el espíritu optimista de los indies. Hasta The Sunday Drivers, con unas letras más tristes que un día sin pan, tocan con una alegría propia de Sor Citroen. Sí, tu novia te ha dejado por tu gato siamés, pero mira con qué sonrisa canto al mundo las ganas que tienes de tirarte por el viaducto.